Hay un momento en la vida de todo médico en el que entiende que eligió una profesión que no se ejerce a medias.
No se puede ser médico de nueve a cinco. No se puede ser médico de lunes a viernes.
Ser médico es llegar tarde, irse antes, faltar incluso cuando uno está presente. Es estar con un paciente mientras alguien que amás te espera. Es aprender que el tiempo no siempre se reparte con justicia.
Yo creí saberlo cuando elegí este camino. Pero una cosa es saberlo, y otra muy distinta es vivirlo.
Treinta años después, uno descubre que los cumpleaños a los que no fue no vuelven. Que las cenas perdidas quedan perdidas. Que los hijos crecen igual, aunque uno no esté. Y que el amor, a veces, también aprende a acostumbrarse a la ausencia.
Y sin embargo, si pudiera volver atrás, elegiría lo mismo.
Porque la medicina no es lo que hago. Es lo que soy.
Este libro nace de esa contradicción. De ese desgarro silencioso entre dos amores que nunca compiten, pero tampoco se integran del todo: el de los pacientes y el de los míos. Siempre hubo dos lados. El del médico que entra a un quirófano a pelear por la vida de alguien que acaba de conocer. Y el del hombre que llega de madrugada, se saca los zapatos en la puerta y se queda un instante mirando dormir a sus hijos antes de acostarse. Los dos laten al mismo tiempo. Los dos duelen. Los dos dan sentido. En estas páginas no hay casos clínicos. Hay personas. Personas que llegaron en el peor momento de sus vidas y que, sin saberlo, también cambiaron la mía. Algunas historias terminan bien. Otras no. Pero todas dejan algo. Intento, en cada una, explicar lo necesario. No para enseñar medicina, sino para acercarla. Porque entender el propio cuerpo —aunque sea un poco— puede ser la diferencia entre llegar a tiempo o no llegar. Pero este libro también cuenta otra cosa. Algo que no planeé contar.
Porque después de tantos años del lado del que cura, la vida me puso del otro lado.
Del lado del que espera. Del que cuenta las gotas del suero. Del que se sienta en una silla incómoda y descubre que todo lo que sabe no alcanza cuando la persona en esa cama es la que más ama. Ahí entendí algo que nunca me habían enseñado. Que los médicos también nos rompemos. No siempre en el cuerpo. A veces en el miedo. En la impotencia. En no poder hacer nada. Y cuando eso pasa, la medicina cambia de idioma. Ya no alcanza con saber. Hay que aprender a estar. Sobre el final de este libro, ya no soy el médico. Soy el que espera. Y quizás ese sea el lugar más difícil de todos. Escribí estas páginas porque creo en una forma de esperanza que no es ingenua. No la que promete que todo va a salir bien. Sino la que aparece cuando, aún sin garantías, uno decide seguir. Seguir un día más. Abrazar un día más. Estar un día más. Porque siempre hay un otro lado. Del corazón. De la vida. Del dolor. Y, de alguna manera, siempre hay un lugar donde todavía entra la luz. Este libro es para mis pacientes, que me enseñaron a ser médico. Para mis hijos, que me enseñaron a ser padre. Para Marcela, que me enseñó todo lo demás. Y para vos, que estás leyendo. Ojalá en alguna de estas páginas encuentres algo que te acompañe. Aunque sea un poco.
Mario Fitz Maurice.